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El infiel del San Jacobo

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El infiel del San Jacobo
Consejos y trucos 2 min lectura

El infiel del San Jacobo

“¡Aquí hay tomate!”, me dije mientras lo veía contemplarse en el espejo haciendo posturitas la noche del jueves.
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“¡Aquí hay tomate!”, me dije mientras lo veía contemplarse en el espejo haciendo posturitas la noche del jueves.

Todo comenzó aquel domingo de tarde, apoltronados en el sofá, después de un fin de semana a gin tonics y tras una desastrosa pachanga de fútbol en la que los habían masacrado. Algo debió hacer “click” en su cabeza cuando me vio suspirando por los abdominales del protagonista de la película de por la noche, porque justo después va y me suelta:

— Nena, ¿yo te gusto? Porque entiendo que ha pasado el tiempo y que bueno, que hemos cambiado… Que los dos nos hemos acomodado, sobre todo yo -intentaba excusarse- y creo que tenemos que evolucionar.

— ¿Evolucionar a qué, a dónde, ahora mismo? – le pregunté incrédula.

— Pues evolucionar, mejorar, no sé, crecer como personas…

— Hijo mío, crecer, ya a lo ancho si eso -le respondí tomándomelo a broma- pero si quieres evolucionar, ya mañana, que hoy es muy tarde.

Y ahí lo dejé, con la palabra en la boca y muchas ideas en la cabeza. Me fui a la cama sin dar la más mínima importancia a la conversación, pensado que su delirio se disiparía al día siguiente, pero no fue así.

La mañana del lunes no desayunó conmigo. Tampoco se llevó el tupper de paella que le había preparado su madre para la hora de la comida. Apareció a última hora de la tarde con varias bolsas de la compra y renunció a mis exquisitos sándwiches vegetales reduciéndolos a una triste ensalada como cena.

El martes tampoco se tomó los cereales. Eso sí, se preparó un almuerzo a base de semillas y “cosas verdes”, como él llamaba a las verduras. ¿De cena? Pollo a la plancha.

El miércoles lo descubrí desayunando unas lonchas de pavo con un poco de queso fresco de Burgo de Arias. Por tercer día se preparaba la comida en casa y en la cena me sorprendió cocinando una lubina al horno.

“¡Aquí hay tomate!”, me dije mientras lo veía contemplarse en el espejo haciendo posturitas la noche del jueves. De repente, el rey del congelado estaba preocupándose por su aspecto y por su pequeña tripita incipiente. “Tía, creo que ha conocido a otra chica y está haciendo todo lo posible por gustarle”, escribí a mi mejor amiga, “todo el mundo sabe que cuando una relación está rota, los miembros de la ex pareja se vuelven locos para volver a entrar en el mercado de la mejor manera posible”. Y de esta manera comenzaron mis sospechas.

 

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El fin de semana anuló nuestros planes de copas con amigos y se marchó a un mercadillo de productos de denominación de origen que había en el centro. “Vaya excusa más mala, eso es que ha quedado con la otra”, volví a escribir a mi amiga. Para más inri, el domingo no bajó a por churros y lo vi tomarse una tostada de pan multicereal con aceite. “¿Dónde está mi novio y qué han hecho con él?”.

Tuvo que pasar otra semana repleta de no-me-apetece, ahora-no-me-entra y a-estas-horas-eso-no-es-bueno, para que me decidiera a hablar con él. La gota que colmó el vaso fue su respuesta a mi cariñosa pregunta “cari, ¿te hago unas croquetitas?”. Todo el mundo sabe que las croquetas son la expresión culinaria del amor, el perdón a cualquier conflicto, ¡habría guerras que terminarían si los bandos se ofrecieran croquetas entre sí! Pues va el tío y me dice que no, que croquetas no, que prefiere quinoa. Y yo que sólo conozco la quinoa por Instagram, monto en cólera y le digo que quién es ella y que desde cuando se conocen. Él me dice que la quinoa es un súper alimento y que lleva dos semanas intentando incluirlo en su alimentación. Y yo que ni quinoa, ni leches, que quién es la chica con la que me está engañando. Y él, que no hay ninguna chica

Total, que yo terminé llorando y él consolándome, porque en el fondo es un trozo de pan (ahora de centeno integral) y me confiesa que desde el último partido se había dado cuenta de lo mal que comía y de cómo nos estaba afectando físicamente (pasaré por alto que hablara en plural, porque yo estoy ciertamente estupenda) y como pareja en cuanto a hábitos. Por lo visto, aquella noche del domingo se hizo un máster por internet sobre cómo mejorar la alimentación y lo puso en marcha la misma mañana del lunes…

Ahora me río, aunque por dos semanas esto me volviera absolutamente loca. Mi chico, el millennial del refrito de repente se hizo foodie. Y sinceramente no sé qué es peor, pensar que me estaba siendo infiel o que voy a tener que ir despidiéndome de mis adorados san jacobos.