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Hoy quiero confesar

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Hoy quiero confesar
Consejos y trucos 2 min lectura

Hoy quiero confesar

Que he llorado más por cocidos madrileños y tortillas de patata semicrudas, que por desamor en lo que llevo de existencia.
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Que he llorado más por cocidos madrileños y tortillas de patata semicrudas, que por desamor en lo que llevo de existencia.

Después de muchos años en los que me han considerado la “chica fit” del grupo, la sana, la del culto al cuerpo, la que sólo se alimenta de productos orgánicos… Hoy, sí hoy, vengo a confesarme ante todos vosotros, lectores impávidos de mis aventuras, que no es oro todo lo que reluce y que aquí la escribiente tiene más que agradecer a la caprichosa genética y a la juventud, que al puro sacrificio de ser de las que se cuidan (a medias).

 

Que me alucinan las tostadas de pan con aceite, pero que de vez en cuando, aunque no lo veáis en mis redes, me meto entre pecho y espalda unos churros con chocolate que me obligan a meterme de nuevo en la cama a reposar todo lo ingerido.

 

Que a las ensaladas coloridas y divertidas que veis en mis fotos de Instagram, también les pongo picatostes y pollo frito empanado. Uso aliños, cebolla caramelizada y mermeladas que combinan a la perfección con el queso Burgo de Arias que jamás falta en mis experimentos culinarios.

 

Que doy mi reino por una croqueta, o por una docena; porque quien diga que no come más de dos o tres miente más que habla, sobre todo si hablamos de croquetas de taberna de toda la vida o las de una abuela, merecedoras del reconocimiento Patrimonio de la Humanidad.

 

Que he llorado más por cocidos madrileños y tortillas de patata semicrudas, que por desamor en lo que llevo de existencia. Y que pocas cosas me han hecho sentir más “en casa” que un buen bocadillo de jamón cuando he pasado largas temporadas trabajando en el extranjero. ¡Ay! Aquellas cajas que me enviaba mi madre con productos “made in Spain”; en ellas no tenía cabida ni un tristísimo grano de quinoa.

 

Que las noches de fiesta en la que lo he dado todo, en las que he bailado y he posado con mis mejores galas obteniendo un número infinito de “likes”, han terminado viendo el amanecer con un trozo de pizza grasiento o un perrito caliente repleto de ketchup de vuelta a casa.

 

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Que, aunque reciba a mis invitados con exóticos canapés y elaborados platos de alta cocina, en los domingos que no me quito ni el pijama devoro lo primero que encuentro en la nevera, con el único filtro de mi estómago, a veces caprichoso, deseoso de mezclar dulce con salado creando aberraciones alimenticias. Que soy capaz de comerme dos paquetes de palomitas de microondas y si además lo hago viendo El diario de Noa, también cae una bolsa entera de gominolas, porque a mí las actuaciones de Ryan Gosling me dan siempre mucha congoja.

 

Que trato de cenar pronto y ligero, pero si tardo en acostarme se me produce un vacío existencial en el alma que me hace recenar un tazón de leche con galletas, cereales o un sándwich de crema de cacao. Y que me encanta la fruta, pero tengo días tan malos o torcidos, que lo único que me entra es una ingente cantidad de helado.

 

Hoy quiero confesar, sí, que no soy perfecta; que me gusta cuidarme, aunque sólo sea a medias.