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Sí quiero, quesito

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Sí quiero, quesito
Consejos y trucos 2 min lectura

Sí quiero, quesito

Sin embargo, tras varios días ahí sigue su voz grabada, el quesito resonando como un eco en mi cerebro y las caras de los energúmenos de mis amigos increpándome por mi piadosa mentira. “No se lo contaréis, ¿verdad?”
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Sin embargo, tras varios días ahí sigue su voz grabada, el quesito resonando como un eco en mi cerebro y las caras de los energúmenos de mis amigos increpándome por mi piadosa mentira. “No se lo contaréis, ¿verdad?”

Igual a cuatro días de la boda no es recomendable que abra la boca, pero es que me puede la conciencia con quien va a ser mi mujer. ¡Mi mujer! Y aunque se trate de una cosa insignificante, un detallito casi sin importancia, empezar un matrimonio con mentiras, no puede traer nada bueno.

 

Era una cosa que prácticamente tenía olvidada, en el fondo más absoluto de mi memoria… hasta que ella se empeñó en recordármelo en un arrebato de romanticismo el día de nuestra despedida de solteros conjunta: “En la intimidad, Luis y yo nos llamamos quesito”. Tras el estallido de carcajadas de todos los amigos y familiares asistentes, me enfrenté a las miradas alucinadas y reprobatorias de mis dos ex compañeros de piso. “Tío, Luis, ¿cómo no le has dicho la verdad? Sabes que, si en algún momento se entera, va a montarte un pollo importante…”. Y yo, a quien apodaron Mister Excusas, empiezo a dar vueltas y a titubear y termino desistiendo, porque considero que es prácticamente imposible que Nuria sepa alguna vez de dónde viene el famoso quesito.

 

Sin embargo, tras varios días ahí sigue su voz grabada, el quesito resonando como un eco en mi cerebro y las caras de los energúmenos de mis amigos increpándome por mi piadosa mentira. “No se lo contaréis, ¿verdad?”, les pregunté compungido. “Se lo acabarás diciendo tú, porque sabemos que tu particular Pepito Grillo te hará hablar. Eso sí, sé un poco listo y confiésalo antes de la boda”. Desde entonces vivo con miedo a que Nuria me descubra, que se me escape un comentario extraño cuando me vuelva a llamar quesito o una mirada furtiva de las que yo creo que ella no detecta, pero vaya si lo hace.

 

Son las 19.00 h. y acaba de entrar por la puerta. Por más que me fastidie, mis amigos van a tener razón de nuevo. “Nuria, anda, pasa, siéntate que tengo que contarte una cosa”, le digo de la forma más amable posible. Estas palabras, de por sí agoreras, a cuatro días de una boda suenan todavía peor. “Pero ¿pasa algo, Luis? Por favor, no me asustes a estas alturas que vengo de recoger el vestido”. Y yo me empiezo a poner nervioso. “Verás Nuria, es que hay una cosa que no te he contado, que de hecho no tiene casi importancia, pero que tienes que saber”. Viendo la posibilidad del estallido de una nueva guerra mundial, la acomodo en una banqueta de la cocina y prosigo con mi historia. “¿Recuerdas el otro día, cuando comentaste delante de todo el mundo que te llamo quesito? Pues no es un nombre cariñoso. Empezaste siendo La Quesito por tu fascinación hacia el queso Burgo de Arias, aquel que traías cada vez que venías a cenar a casa. Como nunca te presentaste formalmente ante mis compañeros de piso, hartos de que llevara a chicas nuevas a casa cada semana, pensaron que serías una más y pasaron de aprenderse tu nombre apodándote La Quesito. El mote, que nos pareció bastante gracioso al principio, lo estuvimos usando mucho tiempo a tus espaldas y no sé cómo, tú un día también me llamaste quesito a mí, una cosa llevó a la otra… Y bueno, no es que no me parezcas más tierna que un queso, es que llamarte quesito ni si quiera fue cosa mía”. Nuria parpadeaba sin reaccionar, cosa bastante extraña en una mujer tan expresiva. “¿Me llamabais La Quesito, así como suena, con artículo delante?”, “Sí, sí, tal cual; de hecho, creo que Jorge te sigue teniendo como La Quesito en la agenda del móvil”. “O sea, ¿soy La Quesito porque para tus amigos soy la loca de los quesos, una chica más que pasa por vuestra casa de la que no se saben ni el nombre?”. Aunque su tono de voz se elevaba, Nuria no parecía enfadada, más bien sorprendida. “Pues mira Luis, si tú eres sincero, yo también lo voy a ser. Para mí tampoco eres quesito por ternura o por ponerme en modo cursi. Yo te llamo quesito porque se lo escuché una vez a tus compañeros de piso; ellos se referían a ti como quesito y yo supuse que era porque te olían los pies. Al principio te llamaba quesito por lanzarte indirectas ante la pestilencia de tus zapatillas, pero es verdad que luego sí que terminó haciéndome gracia”. ¡Vaya! Eso sí que no me lo esperaba para nada. “¿Que a mí me huelen los pies?”, pregunté haciéndome el indignado, “¿y no me lo has dicho en todo este tiempo?”. Tras unos segundos de silencio sepulcrales, Nuria y yo nos echamos a reír ante lo absurdo de la situación. Ninguno habíamos sido consciente del origen de nuestro nombre cariñoso, sin embargo, había marcado un claro punto distintivo en nuestra relación. Por terminar el embrollo en el que nos habíamos metido le pregunté “¿Anda, tonta, quieres pasar conmigo el resto de tu vida?”, y ella me respondió: “Sí quiero, quesito”.

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