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Te regalo los aguacates

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Te regalo los aguacates
Consejos y trucos 2 min lectura

Te regalo los aguacates

Cuando queremos celebrar algo importante volvemos a recurrir a aquellos dos ingredientes, los ingredientes del amor: aguacates frescos y un buen queso Burgo de Arias.
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Cuando queremos celebrar algo importante volvemos a recurrir a aquellos dos ingredientes, los ingredientes del amor: aguacates frescos y un buen queso Burgo de Arias.

Nunca he sido muy de mercado. De hecho y para ser realista, nunca he sido de hacer compras lógicas y con sentido; yo era más de coger la pizza de la cena del súper camino a casa. Pero cuando me independicé, no tuve más remedio que tomarme la alimentación en serio y ponerme las pilas en la cocina; bueno, por eso y porque apreciaba el cuerpo de Adonis que tantas horas de gimnasio me costaba.

El caso es que saqué el amo de casa que llevo dentro, cogí con orgullo el carro de la compra que mi abuela me dio en herencia y un buen día decidí cruzar la puerta del mercado de mi barrio. Reconozco que en la primera toma de contacto me asusté, no sé si por el barullo de la gente o por mi escasa capacidad de orientación que me tuvo dando vueltas a la misma manzana de puestos por lo menos diez minutos. Tras el tercer cruce de miradas con el frutero, me di cuenta de que caminaba en círculos, por lo que preferí preguntar: “disculpa, ¿la pollería?”. A lo que me contestó: “depende de lo que busques, por ejemplo, tienes a Pilar por ahí enfrente y a la de Los Huevos de Oro en la siguiente calle”. Con cara de circunstancia y sin saber muy bien a quien comprar, me decanté por Pilar que estaba más cerca; de ahí pasé a por una lubina y finalmente volví al puesto de frutas del chico simpático para terminar el carro con condumio para la ensalada.

Como la experiencia no fue traumática, volví a los días a repetir la operación. Me decanté por filetes de ternera, media docena de huevos, un pan de espelta (que según los blogs culinarios es un súper alimento de moda) y claudiqué en mi frutería a por mis adorados aguacates; “tú otra vez”, me dijo el frutero con una sonrisa. “¿Has encontrado todo lo que necesitabas?”. “Sí, gracias”, le contesté, “todavía estoy haciéndome al barrio y eso”, respondí tímidamente.

Y así, poco a poco, hablando con unos y otros me hice un habitual del mercado. Me acostumbre a las ofertas, al producto de temporada, a pedir las cosas por “cuarto y mitad” (que es una medida que me costaba entender al principio, pero a la que voy encontrándole la utilidad), a preguntar con gracia y salero aquello de “¿quién da la vez?”, a saludar a mis vecinos y comentar con Pili, la pollera, el calor tan sofocante que está haciendo este verano… Pero sobre todo me acostumbré a Fernando, el frutero de la sonrisa bonita, el que me aconsejaba sobre cómo conservar las fresas, el que me daba a probar la nueva fruta tropical que habían traído de Sudamérica, el que me tenía preparado el pedido cuando terminaba con el acopio de víveres. ¡Qué bombón! Tan fascinado me tenía que había conseguido que cumpliese a rajatabla el consumo de cinco piezas de fruta al día, ¡y a veces hasta seis! Y yo notaba que me miraba, no sabía si por mi torpeza orientativa, porque le hacían gracia mis chascarrillos o porque como me dijo una vez: “poca gente de nuestra edad sigue dando las gracias o pidiéndote las cosas mirando a los ojos”. Y claro, uno que no es de piedra, con más razón iba a la frutería.

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Pasados dos meses desde mi irrupción en el mundo del mercado, un buen día Fernando me regaló un par de aguacates que estaban maduros y no iba a poder vender. Aunque no los tenía pensados para la cena, los acepté gustoso y me los llevé junto al resto de la compra. Resultó que, a la semana siguiente, cuando fui a pagar el total de la compra, Fernando volvió a descontarme los aguacates, que fueron “por gentileza de la casa”. Yo, que tengo menos luces que el dormitorio de un topo, pensé que ya me consideraba cliente VIP y me estaba dando un trato preferencial que, por cierto, me entusiasmaba. Y llegó la tercera semana y ¡sorpresa! con mi pedido de fruta y verdura ¿adivinas qué venía? Pues sí, otro par de aguacates… Y yo que me sentía apabullado ante tantas atenciones, decidí preguntarle a Fernando: “disculpa Fer, ¿por qué últimamente me das gratis los aguacates?” y él, que es puro amor, me contestó: “porque si fuera joyero, te regalaría joyas, pero como soy frutero, te regalo los aguacates”. Sin anestesia, simple pero directo; más claro no podría haber sido. Y yo allí plantado como un pasmarote, atónito, sintiéndome el protagonista de una comedia romántica en la que todo el público presente contiene la respiración para escuchar mi réplica. “Pues… ¿sabes con qué pueden quedar estupendos esos aguacates? Con el nuevo queso Burgo de Arias de Cabra, en una cena en mi casa esta noche a las 21.00 h.”. ¡Aplausos! Todo el mercado llevaba esperando ese momento prácticamente desde el día en que crucé por primera vez la puerta. “Chico, lo que os ha costado”, comentaba Pili, quien, según ella misma, tenía mucho ojo como celestina. Y tras intercambiar los teléfonos y darle mi dirección, quedó fijada nuestra primera cita, la primera de muchas, todo sea dicho. ¿Y sabéis qué? Que desde entonces ha habido muchos platos, muchas cenas y mucho gourmet en nuestra vida común, pero cuando queremos celebrar algo importante volvemos a recurrir a aquellos dos ingredientes, los ingredientes del amor: aguacates frescos y un buen queso Burgo de Arias.